Soy de no rendirme con las personas. Porque siempre (casi) pienso que puede merecer la pena y lo intento. Pero llega un momento en el que digo: vete por dónde has venido. Cuando ellas mismas consiguen que a uno se le quiten las ganas.
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Cada vez más a menudo suena el despertador. Aunque lo oigo parece que llego tarde a todos sitios. Mal. Y cuando quiero que suene para otros lo hace a contratiempo. Peor aún. Sigue sonando pero no como en la vida que imaginamos.
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Me ilusionan los más pequeños detalles. Me hacen sonreír. Los guardo y esos no se me olvidan. Me gustan porque son míos. Los guardo yo y no es justo que luego los asimile otro.
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Mi habitación ya no está vacía. Pero no es mi habitación. Las paredes, aunque están llenas, no me dicen nada. Cuando hablo todavía hay eco. Mi habitación sigue vacía.
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