Escaleras e ilusiones

Había allí una escalera con escalones de esos que parecen hacer fácil la subida. Ascendía hasta una ilusión. Resulta que, en un principio, esa ilusión solo pertenecía a un dueño, a mí. Ésta no tenía adornos de ningún tipo, casi me atrevería a decir que era lo más ajustada a la realidad posible. Y tampoco tenía intención alguna de llevarla más allá, porque era una de esas ilusiones que, al no concluir en el mundo de la realidad, me daba la posibilidad de imaginar el mejor de los finales.

Lo que pasó después fue que, sin darme cuenta, poco a poco, todos se fueron haciendo partícipes de ella. La ilusión, cada vez, parecía ser menos ilusión, a pesar de que había algo que me avisaba de que, si daba un paso hacia lo real, lo más posible es que esa ilusión (la mía) no tuviera el final (esta vez, real) que yo había imaginado.
Y así fue que, escuchando a los demás y no a mí misma, de pronto vi cómo muchos iban detrás de mí casi empujándome por esa escalinata ascendente, riendo y animándome, hacia la ilusión. Hasta que llegué al último escalón. Pero, en el momento, cuando llamé a la ilusión, ni siquiera se dio la vuelta hacia mí. Cuando fui consciente de que era incapaz de enfrentarme, me giré en busca de los que me habían ayudado a subir. Para mi desgracia, comprobé cómo a mi espalda ya no había nadie. Todos los que me habían alentado no estaban. Pero tampoco había ya escalinata por la que poder volver. Miré, y solo había un vacío. Pensé entonces que esa (ilusión antes) y decepción (después) no tenía cura. Entendí que tenía que volver yo sola y que el único modo era saltando hacia la nada. Salté. Me recobraría de un modo u otro. Por último, tras enfadarme, me di cuenta de que la única manera de aceptarlo era volviendo a la ilusión primitiva, a la que nadie hubiera adornado, a la mía.
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Hoy es un día más o menos importante para gente que conozco, un día que implica, en mayor o menor medida, un cambio. Unos cumplen años, otros se despiden de sus amigos por una temporada y, los más valientes, inician el resto de su nueva vida. Justo la que todos los demás deseamos e incluso envidiamos, porque es su vida, la que ellos mismos diseñan y la que son capaces de cumplir. A estos últimos yo les desearía buena suerte, pero es que no la van a necesitar.